
Y ahí estaba yo, sentada en un sillón negro y muy cómodo, con velas por todos lados, una vista al mar que si hubiéramos llegado al atardecer seria genial, pero tenia que conformarme con las siluetas de otras personas hablando, con el ruido del mar a lo lejos, y el sonido de música electrónica mezclado con la guitarra de algún aspirante a artista que interrumpía mi concentración en el sillón de al lado.
Pero estaba feliz tomando café americano, porque el capuccino, moka o cualquier otra especie de café me causa un tremendo sueño, además desde que probé aquel café colombiano, ya ningún café me sabe bien. Para escupir algo, mejor que sea café regular.
Tomar café, recostarme en ti, escuchar esa mezcla rara de sonidos y ser feliz, mirarte a contraluz, mirarte iluminado solo por unas velas, y preguntarte si eras feliz. Cambiarnos a el sillón grande que nos gusta más, tomarnos fotos y tomar foto a todo aquello que pudiera hacernos recordar el lugar, el momento, el día.
Salir de ese lugar y caminar por la arena abrazados, con mis estrellas cuidándonos, mi luna de paseo y con el frío que no era tanto como para salir corriendo.
Tenia que ponerle mi toque y entonces te invite a tocar el mar,corrí,me perseguiste,nos besamos, y nos quejamos de la arena helada, en resumen: tuvimos nuestra escena cursi, digna de cualquier película melosa.
Después nos alejamos del mar justo como llegamos: Felices y con ganas de seguir acumulando recuerdos compartidos.
Fue así como descubrí la mejor combinación para mi…
Y todavía no se terminaba el día.


